Ayer me acerqué para comprar una de las mejores pelis que he visto en los últimos tiempos. Se llama El Arco, y es de un director surcoreano que se llama Kim Ki-Duk. Convengamos que no es un nombre fácil de recordar, a mí se me olvida casi siempre, a pesar de que me encanta.
Pues bien, como no encontraba el dvd en cuestión, me acerqué a una de estas dependientas fascinantes, para que me echara una mano. "¿El Arco? Uy sí, sí, me suena...", me dice mientras se retoca el cardado para pensar mejor. "Es de Kim Ki-Duk, un director surcoreano", le explico, por si tienen las películas ordenadas por países. Se acerca con pasitos pequeños, pero sorprendentemente rápidos, hasta una estantería y empieza a mover los dvd's con una seguridad y una violencia que me dejan de piedra. Tal es su violencia, que dos o tres dvd's se caen al suelo. No se inmuta, y yo me agacho a recogerlos. Mientras, ella (se) repite el nombre del director: "kin-klidú, kin-klidú... ¿ése es el de Hierro 3, ¿verdad?". Se me abre la boca como a los tontos. "Sí, eso es, ése mismo". Ella sigue repitiéndo(se) el nombre y moviendo dvd's: "kin-klidú, kin-klidú... ¡Charo!", le grita a otra compañera, "¿las de kin-klidú dónde estaban?". Charo se acerca, servicial. Lleva las uñas más largas que Florence Griffith Joyner. "Uy, no quedan yo creo, ¿eh? Te lo miraría en el ordenador, pero es que se nos ha ido", me dice. "¿Qué se ha ido?", pregunto. "El ordenador, que se nos ha ido". Entiendo que no es que el ordenador haya hecho la maleta y haya puesto pies en polvorosa, sino que se les ha caído el sistema (qué expresión más absurda, por cierto). "Bueno, no se preocupen", les digo, y me llevo Funny Games.





















